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África y sus tés

China, Japón, India, Sri Lanka, Taiwán… son algunos de los territorios que vienen a la mente con sólo mencionar la palabra té. Historia productiva, diversidad de estilos y calidad comprobada de sus hebras han hecho de estos destinos verdaderos referentes cuando de camellia sinensis se trata, sin embargo, en el mundo del té hay mucho más por descubrir.

África es uno de los polos productivos de té más fascinantes y diversos del planeta. Verdaderamente, es posible hallar aromáticos y apetecibles exponentes de regiones tan particulares como Malawi, Tanzania o Kenia, comparables incluso con los más grandes tés chinos, japoneses o indios. El té de Kenia, por ejemplo, es cotizado internacionalmente por su sabor robusto, característica que lo hace un elemento indispensable en blends típicos del Reino Unido, Irlanda y Canadá.

A África el té llegó a finales del siglo XIX, procedente de la región Assam, en India. Las primeras semillas de camellia sinensis, importadas desde Calcuta, lograron demostrar que el terruño local era apto para la producción comercial de té. Poco a poco, de la mano de británicos y alemanes, surgieron polos productivos específicos a lo largo de todo el continente: Uganda, Tanzania, Camerún, Etiopía, Mozambique, Burundi, Ruanda, Mauricio…

¿Qué se produce en África? Particularmente tés negros para sacos, piense usted en bolsitas de té, de aroma y sabor fuerte, estructurados y con cuerpo completo, aunque también algunos tés verdes, blancos y negros de hojas enteras de alta gama.

Kenia, el tercer más grande exportador de té negro en el mundo, es famoso por sus hebras de sabor firme, capaces de dar vida a infusiones de color brillante, muy vivaces. De forma general, es posible decir que los tés negros africanos se diferencian por sus notas de chocolate y cacao, con un fondo de tierra y bayas negras.

Malawi, otro de los polos productivos que vale la pena mencionar, cultiva camellia sinensis desde finales del siglo XIX. La gran calidad de sus hojas y brotes llevó a muchísimos productores de café a dejar de lado el aromático e incursionar en la elaboración de tés negros y, actualmente, también verdes.

Gracias al trabajo de colonizadores alemanes en la Estación de Investigación Agrícola de Amani y Rungwe, el té se desarrolló como un cultivo exitoso en Tanzania a principios del siglo pasado. Después de la Segunda Guerra Mundial los británicos tomaron el control de la región, impulsando la producción de la camellia sinensis por obvias razones. Actualmente, los tés negros de Tanzania son valorados gracias a su carácter de malta, con matices de nueces y cuerpo completo. Si le gusta acompañar su taza con un chorrito de leche, vale la pena probar algunas de sus hebras.

“¿Y el rooibos sudafricano?”. ¡Gran pregunta, querido lector! Como hemos apuntado previamente, es importante diferenciar al té (hojas y brotes de camellia sinensis) de tisanas e infusiones de frutas, hierbas, flores y especias. El rooibos sudafricano (Aspalathus linearis) es un arbusto de color rojizo, cuyas hojas poseen una gran proporción de compuestos antioxidantes. En taza, ofrece cautivadores aromas y sabores, aunque poco tiene que ver con el té.

¿Qué probar? A pesar de que la variedad de tés africanos es muy limitada en el mercado nacional, sí es posible hallar hebras icónicas, como Kosabei, que se produce en distintas plantaciones africanas. Si anda de viaje y lee el nombre Satemwa en algún aparador o menú, haga todo lo posible por probarlo; este té de Malawi es un auténtico placer: notas de cacao, astringencia en perfecto balance y un final larguísimo en paladar.